Hoy he vuelto a nacer.
Hay ocasiones en las que el destino nos brinda situaciones con las que parece querer que nos demos cuenta de cómo funciona realmente el mundo. Por una de estas estoy ahora vivo para poder escribir estas líneas.
Todo ocurrió hace apenas cuatro jornadas. Yo volvía de las montañas de Alterac en las que había estado recogiendo hojas de Ivernalia. Antes de volver quise hacer un inciso en mi camino para agradecer sus servicios a los enanos de Pico Nidal. Hacía casi un mes que sus cuidados me salvaron de la muerte.
Para viajar desde Alterac hasta Pico Nidal suelo tomar el atajo de rodear por el norte el bastión renegado de Molino Tarren. Es un camino peligroso muy vigilado por los terribles centinelas de dicha ciudad, que me atacarían sin pensarlo. Tras rodear el Molino aun queda cruzar el río y ya desde ahí bordear por el norte las ruinas del antiguo campo de prisioneros de Durnholde. Casi nada. Sin embargo es un camino sustancialmente más corto.
No hubo problemas en la travesía de Molino Tarren y me disponía a descender el pequeño barranco por el que discurre el río, sin embargo no había contado con que las recientes lluvias habían ablandado el suelo considerablemente. Parte de una pequeña cornisa cedió y me precipité hacia unas rocas. Después de un intenso dolor no sentí nada más. Silencio.
Cuando desperté no recordaba donde estaba, pero enseguida unos terribles dolores me recordaron lo sucedido. Grité, pues era imposible no hacerlo. Prefería la muerte antes de tener que soportarlo un minuto más. De repente, una demacrada y fría mano me tapó la boca. Sin duda había caído prisionero de los renegados. No pude menos que lamentar profundamente mi destino.
Lo que ví me dejó helado. Tenía entendido que los renegados estaban compuestos en su mayor parte por humanos que sucumbieron a la plaga; sin embargo lo que se alzaba ante mí era (o había sido) una elfa nocturna, sin duda. La muerte no había sido apenas capaz de arrebatarle su belleza. Su encrespado cabello azul verdoso rivalizaba con el fulgor de su mirada. En perfecto Darnassiano me dijo:
- "Calla. Podrían oírte los de ahí arriba" - señaló hacia el lúgubre molino - "y realmente, mi pequeño petirrojo, no desearías nunca que eso ocurriera"
La obedecí sin reservas. Cuando la miré más fijamente me dí cuenta de que había algo que no me encajaba. Dos tiras de cuero tapaban sus ojos y muy probablemente no veía nada con ellos. ¿Cómo era entonces que antes hubiera yo captado tal fulgor en su mirada?. Pese a todo se debió dar cuenta de que la estaba mirando fijamente pues me dijo:
- "Si, soy ciega como ya te has dado cuenta. Sin embargo es muy posible que vea mejor que tú" - Me confió mientras me mostraba una cálida sonrisa.
Me trasladó a una pequeña cueva que había un poco más al norte. Durante dos días se ocupó de mis heridas y calmó mi dolor usando magia, la cual dominaba. Me hizo compañía y pronto aprecié su compañía y su práctico sentido de la vida... O de la muerte. Un solo dolor no pudo calmar en mí, y éste era el que me producía el tener que despedirme de ella.
- "¿Podré volver a verte algún día?" - Pregunté anhelante
Si no supiera que era ciega juraría que me lanzó una mirada tímida. Por una vez no utilizó su cháchara jovial y despreocupada para responderme
- "Tranquilo Pai. Tenemos todo el tiempo del mundo para volver a vernos" - Respondió mirándose la demacrada piel de las manos
Echó a andar con paso inseguro entre los esbeltos pinos que marcaban el sendero hacia Molino Tarren.
- "¡¡Espera!!" - grité - "Tu nombre. No me has dicho tu nombre y necesito poner nombre a quien me ha salvado la vida".
Ella se giró y me dijo con una sonrisa: "Breeza"
lunes, 9 de abril de 2007
Adios al puño
Hoy vuelvo a mi lúgubre atalaya un poco más feliz que de costumbre. Se acabaron ya las aventuras con la gente del Puño Plateado. Conocí allí buena gente pero con el tiempo me dí cuenta de que estaban demasiado comprometidos con la causa de la Alianza. Incluso llegué a participar en una expedición de castigo contra el bastión de Undercity; expedición que resultó en el más absoluto fracaso. Los renegados hicieron frente común contra un heterogéneo ejército mercenario que se deshizo en pullas y trifulcas internas al poco de constatar que el ataque no iba a ser coser y cantar.
Amistosamente expliqué a Maese Ulnar las razones de mi partida y de nuevo partí, por extraños y solitarios caminos a buscar mi lugar en Azeroth
Amistosamente expliqué a Maese Ulnar las razones de mi partida y de nuevo partí, por extraños y solitarios caminos a buscar mi lugar en Azeroth
viernes, 23 de marzo de 2007
Nuevos aires
Ha pasado tiempo desde que me dejé caer por estas líneas. Quizá me he visto envuelto en la vorágine de los últimos acontecimientos y me he prestado a mí mismo poca atención. Vuelvo a estar aquí en mi cueva-refugio cercana a Kharazan. Es un buen sitio para poner en orden todos mis pensamientos.
El lector se puede preguntar por qué escogí este tétrico sitio en una zona tan peligrosa como refugio. Lo cierto es que es la misma peligrosidad de la región la que protege este pequeño remanso de paz. Encaramada a una escarpada colina y con su entrada ligeramente oculta por un hirsuto macizo de zarzas me da la intimidad que necesito. Su ubicación, no demasidado cerca de la peligrosa torre pero alejada del camino principal, hace que no tenga visitas indeseadas. En ella guardo lo necesario para dormir más o menos cómodamente y provisiones no perecederas por si tuviera que esconderme durante un tiempo.
La mortecina luz se va filtrando por la entrada de la cueva mientras amanece. Parece que hoy volverá a ser un día gris. Hay muy pocos días con verdadero sol en esta región. Apago la pequeña vela de sebo que me iluminaba mientras sigo escribiendo.
Lo he vuelto a hacer. Me he unido a otra hermandad. Los motivos han sido sobre todo mi seguridad personal y ese afán de pasar desapercibido que siempre me acompañan. Me explicaré mejor.
Ocurrió hace una semana en la región al norte de lo que era el reino de Arathor. Lo que hoy se conoce como “Tierras del Interior”. Cuatro miembros de una hermandad de horda (cuyo nombre ignoro) me asaltaron por sorpresa y me dejaron gravemente herido. Sin una hermandad que me protegiera y supiera de mi destino pasé horas huyendo de su cruel caza. Al caer la noche conseguí llegar a la fortaleza enana de Pico Nidal, donde amáblemente curaron mis heridas.
- “La próxima vez deberrías tenerr más cuidado, elfo” – Me advirtió un enano más achaparrado de lo normal – “La costa es un lugar dominado por los Trolls, y créeme que no te darrán lo que llamarías una cálida bienvenida”.
A la semana, ya recuperado, decidí hacer una visita a las ciudades de Forjaz y Ventormenta. Necesitaba petrechos nuevos para sustituir a los míos rasgados en la huida y surtirme de pociones de curación. Asímismo quizá me pudiera encontrar con algún viejo compañero de mi ex-hermandad para que me contara las últimas noticias.
Pues bien, cuando estaba en la plaza principal delante del banco en Forjaz (allí donde se suele poner a veces extraña gente gritando cosas como vender monedas de oro por algo llamado “euros” o internet o vete tú a saber que) fui asaltado por un pequeño gnomo que me ofrecía entrar en su hermandad.
- “No me interesa, gracias” – Respondí algo turbado por sus formas tan directas.
Antes de poder tomar el tranvía subterráneo hacia Ventormenta había sido abordado por 5 indivíduos más que, de esa guisa, me proponían entrar en los más variopintos grupos y colectivos que podáis imaginar. Cuando llegué a la plaza del mercado en Ventormenta incluso me ví rodeado por un pequeño corro de “reclutadores” que se me subastaban cual fajo de pieles de Kodo. Prácticamente tuve que huir para refugiarme en la posada.
Esto era más de lo que podía aguantar. ¿Tan anormal es ver a un tipo que no porte tabardo de hermadad alguna?. Mientras andaba con esas cavilaciones un pergamino colgado de la pared de la posada llamó mi atención:
“Tienes espíritu aventurero?
Quieres visitar lejanos y peligrosos reinos en buena compañía?
Deseas sentir la camaradería y el buen ambiente en una hermandad con más de 100 miembros?
No esperes más. Únete a nosotros. No pedimos que te adhieras a complicadas facciones políticas. Simplemente lucha y hazlo con los mejores compañeros
Hdad. Puño Plateado”
Me pareció un anuncio interesante. Era justo lo que necesitaba. Una hermandad grande en la que podría “confundirme con el medio” a la vez que me ayudaría a conocer valiosos compañeros para el futuro. No tenía nada que perder así que me encaminé hacia su cuartel general donde después de presentar mis respetos al maestro de ésta me fue dado el tabardo granate que portan sus miembros y un pequeño pergamino con unas normas básicas de conducta...
Me ajusto el tabardo con el puño blanco sobre fondo granate y enveneno mis dagas. Parto hacia Kalimdor así que estaré un tiempo sin volver por aquí. El Bastión Plumaluna en la costa occidental del continente es mi destino y por el camino deberé recoger a un compañero que me estará esperando en el peligroso puerto de la ciudad neutral de Trinquete.
- “Territorio Horda. Mejor estar bien preparados por si las muestras de buena voluntad no fueran suficientes”
Un velo de soledad vuelve a cubrir la cueva mientras me pongo de nuevo en camino.
El lector se puede preguntar por qué escogí este tétrico sitio en una zona tan peligrosa como refugio. Lo cierto es que es la misma peligrosidad de la región la que protege este pequeño remanso de paz. Encaramada a una escarpada colina y con su entrada ligeramente oculta por un hirsuto macizo de zarzas me da la intimidad que necesito. Su ubicación, no demasidado cerca de la peligrosa torre pero alejada del camino principal, hace que no tenga visitas indeseadas. En ella guardo lo necesario para dormir más o menos cómodamente y provisiones no perecederas por si tuviera que esconderme durante un tiempo.
La mortecina luz se va filtrando por la entrada de la cueva mientras amanece. Parece que hoy volverá a ser un día gris. Hay muy pocos días con verdadero sol en esta región. Apago la pequeña vela de sebo que me iluminaba mientras sigo escribiendo.
Lo he vuelto a hacer. Me he unido a otra hermandad. Los motivos han sido sobre todo mi seguridad personal y ese afán de pasar desapercibido que siempre me acompañan. Me explicaré mejor.
Ocurrió hace una semana en la región al norte de lo que era el reino de Arathor. Lo que hoy se conoce como “Tierras del Interior”. Cuatro miembros de una hermandad de horda (cuyo nombre ignoro) me asaltaron por sorpresa y me dejaron gravemente herido. Sin una hermandad que me protegiera y supiera de mi destino pasé horas huyendo de su cruel caza. Al caer la noche conseguí llegar a la fortaleza enana de Pico Nidal, donde amáblemente curaron mis heridas.
- “La próxima vez deberrías tenerr más cuidado, elfo” – Me advirtió un enano más achaparrado de lo normal – “La costa es un lugar dominado por los Trolls, y créeme que no te darrán lo que llamarías una cálida bienvenida”.
A la semana, ya recuperado, decidí hacer una visita a las ciudades de Forjaz y Ventormenta. Necesitaba petrechos nuevos para sustituir a los míos rasgados en la huida y surtirme de pociones de curación. Asímismo quizá me pudiera encontrar con algún viejo compañero de mi ex-hermandad para que me contara las últimas noticias.
Pues bien, cuando estaba en la plaza principal delante del banco en Forjaz (allí donde se suele poner a veces extraña gente gritando cosas como vender monedas de oro por algo llamado “euros” o internet o vete tú a saber que) fui asaltado por un pequeño gnomo que me ofrecía entrar en su hermandad.
- “No me interesa, gracias” – Respondí algo turbado por sus formas tan directas.
Antes de poder tomar el tranvía subterráneo hacia Ventormenta había sido abordado por 5 indivíduos más que, de esa guisa, me proponían entrar en los más variopintos grupos y colectivos que podáis imaginar. Cuando llegué a la plaza del mercado en Ventormenta incluso me ví rodeado por un pequeño corro de “reclutadores” que se me subastaban cual fajo de pieles de Kodo. Prácticamente tuve que huir para refugiarme en la posada.
Esto era más de lo que podía aguantar. ¿Tan anormal es ver a un tipo que no porte tabardo de hermadad alguna?. Mientras andaba con esas cavilaciones un pergamino colgado de la pared de la posada llamó mi atención:
“Tienes espíritu aventurero?
Quieres visitar lejanos y peligrosos reinos en buena compañía?
Deseas sentir la camaradería y el buen ambiente en una hermandad con más de 100 miembros?
No esperes más. Únete a nosotros. No pedimos que te adhieras a complicadas facciones políticas. Simplemente lucha y hazlo con los mejores compañeros
Hdad. Puño Plateado”
Me pareció un anuncio interesante. Era justo lo que necesitaba. Una hermandad grande en la que podría “confundirme con el medio” a la vez que me ayudaría a conocer valiosos compañeros para el futuro. No tenía nada que perder así que me encaminé hacia su cuartel general donde después de presentar mis respetos al maestro de ésta me fue dado el tabardo granate que portan sus miembros y un pequeño pergamino con unas normas básicas de conducta...
Me ajusto el tabardo con el puño blanco sobre fondo granate y enveneno mis dagas. Parto hacia Kalimdor así que estaré un tiempo sin volver por aquí. El Bastión Plumaluna en la costa occidental del continente es mi destino y por el camino deberé recoger a un compañero que me estará esperando en el peligroso puerto de la ciudad neutral de Trinquete.
- “Territorio Horda. Mejor estar bien preparados por si las muestras de buena voluntad no fueran suficientes”
Un velo de soledad vuelve a cubrir la cueva mientras me pongo de nuevo en camino.
miércoles, 21 de marzo de 2007
La Bestia
El camino hasta Villaoscura fue emocionante. Me sentía como un niño que se iba de viaje. Tantas emociones nuevas, tanta gente y tierras por conocer... Pensaba disfrutar a fondo mi recién estrenada “libertad”.
Escuché los gritos de dolor mientras andaba por las cercanías de Villaoscura. La noche ya había caído pero distinguí más adelante en un recodo del camino la luz de unas antorchas. Usando mi innato sigilo me acerqué entre las sombras del camino a ver si podía distinguir qué estaba ocurriendo.
La escena que ví me dejó, cuanto menos, perplejo. Un grupo de soldados con el tabardo que portan los defensores de Ventormenta rodeaba lo que parecía ser un Tauren agazapado en el suelo. El pobre infeliz no era un guerrero; eso saltaba a la vista. El hatillo y las bolsas de cuero que estaban desparramadas por los alrededores indicaban que debía ser una especie de viajero o algo así. Sangraba por numerosas heridas poco profundas y le habían propinado una buena paliza. El que parecía ser el jefe del destacamento le recriminaba burlonamente:
- “Tsk, tsk, tsk. Este no es un lugar para los monstruos como tú. ¿Qué es lo que andas haciendo por aquí?. ¿Quizá intentando atrapar a algún campesino despistado para devorarlo?"
- “Mi capitán. Seguro que es un espía. Un espía de la horda. Se nos ha informado de que la actividad hostil de la horda en la Vega ha aumentado considerablemente en las últimas semanas” – Argumentó uno de los guardias más jóvenes mientras miraba al tauren con desprecio.
Mi pasado hace que los tauren no sean un pueblo desconocido para mí. Éste no debía de tener más de 25 años y sus ropas ciertamente no denotaban ser ningún tipo de amenaza para nadie.
- “...a..amigo!....no yo skaau...espía. No gaztûk... no monstruo” - Intentaba gimotear el pobre desgraciado desde el suelo."
La respuesta no se hizo esperar. El capitán descargó su porra sobre la cabeza del tauren. Probablemente no sobrevivió a ese impacto. Me quedé petrificado donde estaba. ¿Por qué tanta crueldad?. El resto lo ví entre una niebla que había oscurecido mi visión. Los guardias registraron sus pertenencias y al no encontrar nada de valor se pusieron en camino.
Cuando los guardias estuvieron a una distancia segura salí de mi escondite y me acerqué junto al Tauren. Las heridas eran demasiado graves para poder hacer nada. Cualquier miembro de otra raza habría perecido ya víctima del dolor y de la pérdida de sangre pero él seguía dolorosamente vivo. Había lágrimas en sus ojos. Intentó moverse. A lo mejor para defenderse, a lo mejor para intentar acabar con la nueva amenaza que yo representaba. Sus ojos me miraron con una muda súplica.
- “...a...ayuda...mi” – Consiguió articular con sus casi últimas fuerzas
Saqué de mi zurrón unas pequeñas bayas rojas de las que conocía muy bien su uso. Le puse en la boca unas pocas previamente machacadas que tragó con mucha dificultad. Apreté su manaza entre las mías.
-“Gracias” – fueron sus últimas palabras.
Estuve mucho tiempo junto a él. Su respiración se hizo menos trabajosa y poco a poco más leve. Lloré amargamente su muerte. Después arrastré su cuerpo hasta un pequeño foso que había en el lateral del camino, lo cubrí con unas piedras de pizarra de unas ruinas cercanas y le dediqué una muda oración. No pasaría la noche en Villaoscura. No se si podría controlarme en caso de volver a encontrarme con los asesinos.
Por la mañana pasé por Villaoscura. Un jóven y estúpido soldado era aclamado como un héroe por haber acabado él solo con un “monstruo de la horda que acechaba en los bosques cercanos”. Como recuerdo de su “hazaña” blandía una ensangrentada oreja de Tauren.
Está decidido. Puede que mi raza sea considerada como perteneciente a la alianza, pero desde ahora reniego a servir a esta “alianza”, tan llena de estúpidos héroes que cometen los actos mas viles con tal de demostrar su “valor”. No tenía hermandad pero desde ahora ni siquiera me considero perteneciente a la Alianza.
Interrumpo mis cavilaciones. La desolación del paisaje a mi alrededor me indica que he llegado a los antiguos dominios de Karazhan; hoy conocido como el “Paso de la Muerte”...
Escuché los gritos de dolor mientras andaba por las cercanías de Villaoscura. La noche ya había caído pero distinguí más adelante en un recodo del camino la luz de unas antorchas. Usando mi innato sigilo me acerqué entre las sombras del camino a ver si podía distinguir qué estaba ocurriendo.
La escena que ví me dejó, cuanto menos, perplejo. Un grupo de soldados con el tabardo que portan los defensores de Ventormenta rodeaba lo que parecía ser un Tauren agazapado en el suelo. El pobre infeliz no era un guerrero; eso saltaba a la vista. El hatillo y las bolsas de cuero que estaban desparramadas por los alrededores indicaban que debía ser una especie de viajero o algo así. Sangraba por numerosas heridas poco profundas y le habían propinado una buena paliza. El que parecía ser el jefe del destacamento le recriminaba burlonamente:
- “Tsk, tsk, tsk. Este no es un lugar para los monstruos como tú. ¿Qué es lo que andas haciendo por aquí?. ¿Quizá intentando atrapar a algún campesino despistado para devorarlo?"
- “Mi capitán. Seguro que es un espía. Un espía de la horda. Se nos ha informado de que la actividad hostil de la horda en la Vega ha aumentado considerablemente en las últimas semanas” – Argumentó uno de los guardias más jóvenes mientras miraba al tauren con desprecio.
Mi pasado hace que los tauren no sean un pueblo desconocido para mí. Éste no debía de tener más de 25 años y sus ropas ciertamente no denotaban ser ningún tipo de amenaza para nadie.
- “...a..amigo!....no yo skaau...espía. No gaztûk... no monstruo” - Intentaba gimotear el pobre desgraciado desde el suelo."
La respuesta no se hizo esperar. El capitán descargó su porra sobre la cabeza del tauren. Probablemente no sobrevivió a ese impacto. Me quedé petrificado donde estaba. ¿Por qué tanta crueldad?. El resto lo ví entre una niebla que había oscurecido mi visión. Los guardias registraron sus pertenencias y al no encontrar nada de valor se pusieron en camino.
Cuando los guardias estuvieron a una distancia segura salí de mi escondite y me acerqué junto al Tauren. Las heridas eran demasiado graves para poder hacer nada. Cualquier miembro de otra raza habría perecido ya víctima del dolor y de la pérdida de sangre pero él seguía dolorosamente vivo. Había lágrimas en sus ojos. Intentó moverse. A lo mejor para defenderse, a lo mejor para intentar acabar con la nueva amenaza que yo representaba. Sus ojos me miraron con una muda súplica.
- “...a...ayuda...mi” – Consiguió articular con sus casi últimas fuerzas
Saqué de mi zurrón unas pequeñas bayas rojas de las que conocía muy bien su uso. Le puse en la boca unas pocas previamente machacadas que tragó con mucha dificultad. Apreté su manaza entre las mías.
-“Gracias” – fueron sus últimas palabras.
Estuve mucho tiempo junto a él. Su respiración se hizo menos trabajosa y poco a poco más leve. Lloré amargamente su muerte. Después arrastré su cuerpo hasta un pequeño foso que había en el lateral del camino, lo cubrí con unas piedras de pizarra de unas ruinas cercanas y le dediqué una muda oración. No pasaría la noche en Villaoscura. No se si podría controlarme en caso de volver a encontrarme con los asesinos.
Por la mañana pasé por Villaoscura. Un jóven y estúpido soldado era aclamado como un héroe por haber acabado él solo con un “monstruo de la horda que acechaba en los bosques cercanos”. Como recuerdo de su “hazaña” blandía una ensangrentada oreja de Tauren.
Está decidido. Puede que mi raza sea considerada como perteneciente a la alianza, pero desde ahora reniego a servir a esta “alianza”, tan llena de estúpidos héroes que cometen los actos mas viles con tal de demostrar su “valor”. No tenía hermandad pero desde ahora ni siquiera me considero perteneciente a la Alianza.
Interrumpo mis cavilaciones. La desolación del paisaje a mi alrededor me indica que he llegado a los antiguos dominios de Karazhan; hoy conocido como el “Paso de la Muerte”...
martes, 20 de marzo de 2007
Despedidas
... Lentamente me quito el tabardo y lo doblo sobre mi catre. Hace tanto que no veo mi ropa de viaje sin él puesto que la visión se me hace extraña. Lo doblo cuidadosamente y lo dejo junto a la insignia de oficial que había portado hasta ahora.
Al lado de mis pertenencias hay una nota manuscrita escrita por mí. La despedida no va a ser fácil, pero si me voy a marchar tiene que ser así, porque no estoy seguro de que me vayan a dejar marchar en paz. La nota dice lo siguiente:
“Esto no es un adios. Es un hasta pronto. Os dejo. Creo que mi sitio no está dentro de Fuego Eterno. Algo dentro de mi me dice que para seguir con mi camino debo dejar que vosotros sigáis los vuestros. Sé que en un futuro volveremos a estar unidos.
A ti, solo a ti que sabes perfectamente quien eres. No quiero seguir siendo una carga para tu cometido en este y en otros mundos. Te deseo toda la suerte del mundo. Cualquier ayuda que necesites acudiré raudo desde donde esté, eso no lo dudes. Espero que nos volvamos a ver; y déjame darte un último consejo: Cuidate de quien tu ya sabes... nunca me dio buena espina.
Sé que Azeroth es pequeño, así que sin duda me veréis aquí y allí. Sabed que siempre os tendré muy presentes.
Pai’Thalas Cieloscuro”
El motivo? Me siento vacío. El pequeño grupo de amigos que conocí con el que luchábamos por cosas bien definidas ha dado paso a algo que es poco más que un conjunto de mercenarios. En los últimos meses hemos perdido el rumbo. Quizá sea por la creciente presencia de humanos en nuestras filas... o simplemente por hastío. Cuando uno no pone cuidado en algo que está bajo su cuidado se echa a perder como la comida dejada demasiado tiempo a la intemperie.
Pienso que así es mejor. De ahora en adelante caminaré solo, como durante tanto tiempo hice, con la diferencia de que ahora mi cabeza será un poco más sabia. Quién sabe. Quizá nuestros caminos se vuelvan a cruzar en mejores circunstancias.
Meto mis escasas pertenencias en el macuto y echo mis dagas al cinto. Un largo camino me espera si quiero llegar a Villaoscura y hacer noche allí...
Al lado de mis pertenencias hay una nota manuscrita escrita por mí. La despedida no va a ser fácil, pero si me voy a marchar tiene que ser así, porque no estoy seguro de que me vayan a dejar marchar en paz. La nota dice lo siguiente:
“Esto no es un adios. Es un hasta pronto. Os dejo. Creo que mi sitio no está dentro de Fuego Eterno. Algo dentro de mi me dice que para seguir con mi camino debo dejar que vosotros sigáis los vuestros. Sé que en un futuro volveremos a estar unidos.
A ti, solo a ti que sabes perfectamente quien eres. No quiero seguir siendo una carga para tu cometido en este y en otros mundos. Te deseo toda la suerte del mundo. Cualquier ayuda que necesites acudiré raudo desde donde esté, eso no lo dudes. Espero que nos volvamos a ver; y déjame darte un último consejo: Cuidate de quien tu ya sabes... nunca me dio buena espina.
Sé que Azeroth es pequeño, así que sin duda me veréis aquí y allí. Sabed que siempre os tendré muy presentes.
Pai’Thalas Cieloscuro”
El motivo? Me siento vacío. El pequeño grupo de amigos que conocí con el que luchábamos por cosas bien definidas ha dado paso a algo que es poco más que un conjunto de mercenarios. En los últimos meses hemos perdido el rumbo. Quizá sea por la creciente presencia de humanos en nuestras filas... o simplemente por hastío. Cuando uno no pone cuidado en algo que está bajo su cuidado se echa a perder como la comida dejada demasiado tiempo a la intemperie.
Pienso que así es mejor. De ahora en adelante caminaré solo, como durante tanto tiempo hice, con la diferencia de que ahora mi cabeza será un poco más sabia. Quién sabe. Quizá nuestros caminos se vuelvan a cruzar en mejores circunstancias.
Meto mis escasas pertenencias en el macuto y echo mis dagas al cinto. Un largo camino me espera si quiero llegar a Villaoscura y hacer noche allí...
lunes, 19 de marzo de 2007
Historia de un errante
¿Qué quién soy yo?
Quizá jamás me había hecho esa pregunta hasta ahora. Lo normal es ser alguien en la vida y poder decir cosas como: "Soy tal, hijo de cual" o soy "nosequién, panadero de nosedonde". Así sabes cual es el lugar que la Diosa te ha asignado en el esquema de las cosas. He sido algo alguna vez en la vida... He defendido los bosques de Vallefresno junto con mi pueblo, he luchado codo con codo junto a orcos y humanos para defender Azeroth de la garra de Archimonde, incluso he pertenecido a la mal llamada Alianza, compuesta por mis congéneres, los gnomos, los humanos y los enanos.
Ahora no soy nada.
No soy nada, ni nadie. Esa sensación de pertenencia a algo pasó hace mucho tiempo. Mis ideales no encajan en la Alianza y debido a mi raza no soy aceptado por la Horda. Soy conocido de todos y amigo de nadie. Ahora sólo me queda ser un vagabundo. ¿Podré con el tiempo encontrar un lugar en el que echar raíces o estoy condenado a la soledad? De ahora en adelante, al menos estas páginas serán testigo de mi camino
Quizá jamás me había hecho esa pregunta hasta ahora. Lo normal es ser alguien en la vida y poder decir cosas como: "Soy tal, hijo de cual" o soy "nosequién, panadero de nosedonde". Así sabes cual es el lugar que la Diosa te ha asignado en el esquema de las cosas. He sido algo alguna vez en la vida... He defendido los bosques de Vallefresno junto con mi pueblo, he luchado codo con codo junto a orcos y humanos para defender Azeroth de la garra de Archimonde, incluso he pertenecido a la mal llamada Alianza, compuesta por mis congéneres, los gnomos, los humanos y los enanos.
Ahora no soy nada.
No soy nada, ni nadie. Esa sensación de pertenencia a algo pasó hace mucho tiempo. Mis ideales no encajan en la Alianza y debido a mi raza no soy aceptado por la Horda. Soy conocido de todos y amigo de nadie. Ahora sólo me queda ser un vagabundo. ¿Podré con el tiempo encontrar un lugar en el que echar raíces o estoy condenado a la soledad? De ahora en adelante, al menos estas páginas serán testigo de mi camino
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)