lunes, 9 de abril de 2007

Breeza

Hoy he vuelto a nacer.

Hay ocasiones en las que el destino nos brinda situaciones con las que parece querer que nos demos cuenta de cómo funciona realmente el mundo. Por una de estas estoy ahora vivo para poder escribir estas líneas.

Todo ocurrió hace apenas cuatro jornadas. Yo volvía de las montañas de Alterac en las que había estado recogiendo hojas de Ivernalia. Antes de volver quise hacer un inciso en mi camino para agradecer sus servicios a los enanos de Pico Nidal. Hacía casi un mes que sus cuidados me salvaron de la muerte.

Para viajar desde Alterac hasta Pico Nidal suelo tomar el atajo de rodear por el norte el bastión renegado de Molino Tarren. Es un camino peligroso muy vigilado por los terribles centinelas de dicha ciudad, que me atacarían sin pensarlo. Tras rodear el Molino aun queda cruzar el río y ya desde ahí bordear por el norte las ruinas del antiguo campo de prisioneros de Durnholde. Casi nada. Sin embargo es un camino sustancialmente más corto.

No hubo problemas en la travesía de Molino Tarren y me disponía a descender el pequeño barranco por el que discurre el río, sin embargo no había contado con que las recientes lluvias habían ablandado el suelo considerablemente. Parte de una pequeña cornisa cedió y me precipité hacia unas rocas. Después de un intenso dolor no sentí nada más. Silencio.

Cuando desperté no recordaba donde estaba, pero enseguida unos terribles dolores me recordaron lo sucedido. Grité, pues era imposible no hacerlo. Prefería la muerte antes de tener que soportarlo un minuto más. De repente, una demacrada y fría mano me tapó la boca. Sin duda había caído prisionero de los renegados. No pude menos que lamentar profundamente mi destino.

Lo que ví me dejó helado. Tenía entendido que los renegados estaban compuestos en su mayor parte por humanos que sucumbieron a la plaga; sin embargo lo que se alzaba ante mí era (o había sido) una elfa nocturna, sin duda. La muerte no había sido apenas capaz de arrebatarle su belleza. Su encrespado cabello azul verdoso rivalizaba con el fulgor de su mirada. En perfecto Darnassiano me dijo:

- "Calla. Podrían oírte los de ahí arriba" - señaló hacia el lúgubre molino - "y realmente, mi pequeño petirrojo, no desearías nunca que eso ocurriera"

La obedecí sin reservas. Cuando la miré más fijamente me dí cuenta de que había algo que no me encajaba. Dos tiras de cuero tapaban sus ojos y muy probablemente no veía nada con ellos. ¿Cómo era entonces que antes hubiera yo captado tal fulgor en su mirada?. Pese a todo se debió dar cuenta de que la estaba mirando fijamente pues me dijo:

- "Si, soy ciega como ya te has dado cuenta. Sin embargo es muy posible que vea mejor que tú" - Me confió mientras me mostraba una cálida sonrisa.

Me trasladó a una pequeña cueva que había un poco más al norte. Durante dos días se ocupó de mis heridas y calmó mi dolor usando magia, la cual dominaba. Me hizo compañía y pronto aprecié su compañía y su práctico sentido de la vida... O de la muerte. Un solo dolor no pudo calmar en mí, y éste era el que me producía el tener que despedirme de ella.

- "¿Podré volver a verte algún día?" - Pregunté anhelante

Si no supiera que era ciega juraría que me lanzó una mirada tímida. Por una vez no utilizó su cháchara jovial y despreocupada para responderme

- "Tranquilo Pai. Tenemos todo el tiempo del mundo para volver a vernos" - Respondió mirándose la demacrada piel de las manos

Echó a andar con paso inseguro entre los esbeltos pinos que marcaban el sendero hacia Molino Tarren.

- "¡¡Espera!!" - grité - "Tu nombre. No me has dicho tu nombre y necesito poner nombre a quien me ha salvado la vida".

Ella se giró y me dijo con una sonrisa: "Breeza"

Adios al puño

Hoy vuelvo a mi lúgubre atalaya un poco más feliz que de costumbre. Se acabaron ya las aventuras con la gente del Puño Plateado. Conocí allí buena gente pero con el tiempo me dí cuenta de que estaban demasiado comprometidos con la causa de la Alianza. Incluso llegué a participar en una expedición de castigo contra el bastión de Undercity; expedición que resultó en el más absoluto fracaso. Los renegados hicieron frente común contra un heterogéneo ejército mercenario que se deshizo en pullas y trifulcas internas al poco de constatar que el ataque no iba a ser coser y cantar.

Amistosamente expliqué a Maese Ulnar las razones de mi partida y de nuevo partí, por extraños y solitarios caminos a buscar mi lugar en Azeroth